Archivo para Abril 2008
Naomi Klein: La doctrina del shock
Luego de seguir atento la charla ofrecida por la periodista Naomi Klein en nuestro país en el marco de promoción de su último – y polémico – trabajo titulado The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism, sólo me gustaría comentar algunas cosas para que no se diluyan en el tiempo, aprovechando de esta manera el poder documentar una serie de ideas que me parecieron interesantes.
Bajo la teoría del shock, Naomi Klein propone que así como a un paciente con algún tipo de discapacidad mental se le pueden inducir convulsiones a través de la terapia electro-convulsiva para ser reducido a un estado de sumisión, a una sociedad entera también se le puede someter a un mínimo común a través de golpes certeros, ya sea por fenómenos casuales o por eventos ya premeditados, como un desastre natural, un atentado terrorista, un golpe de Estado o derechamente una guerra, como la de Iraq, por nombrar alguna. Lugares comunes en donde no cabe la opinión de la gente.
Cómo sobrevivir a la Web 2.0
Lisa Williams es una mujer que se ha hecho ampliamente reconocida en Estados Unidos por sus contribuciones al denominado periodismo ciudadano y a las comunidades en línea. Con una trayectoria que se ha relacionado estrechamente con la tecnología, actualmente es la fundadora de Placeblogger, uno de los sitios más grandes en cuanto a blogs que se enfocan en el mismo ciudadano como generador de contenidos, quienes alejados de las pautas informativas de los grandes conglomerados, crean una agenda noticiosa alternativa que hace especial énfasis en las localidades donde viven y en las experiencias que tienen a diario.
Bajo este contexto, Williams desarrolló un listado con las diez cosas que los periodistas deberían saber sobre sobrevivir en una industria de alta tecnología, la que a mi parecer, no tiene desperdicio alguno y creo que es bueno documentarlo por estos lados, a falta de tiempo para traducirlo como corresponde y hacerlo más amistoso. Tarea pendiente, por supuesto.
Periodismo portátil.
Por otra parte, y colgándome un poco atrasado del mismo título que encabeza ésta entrada, el periodista Juan Pablo Meneses se mandó durante el pasado mes de marzo una valiosa crónica en La Nación de Argentina sobre las ventajas y desventajas de ser actualmente un periodista freelance bajo la mirada de la experiencia. Seducidos por la aparente independencia, el peligro de que los profesionales de las comunicaciones terminen mercantilizando su vida no parece ser algo tan lejano a la hora de andar generando historias para sobrevivir de lo que se escribe:
“…¿Uno es freelance por opción, o porque no quedó otra alternativa?…Curiosamente es posible que el aislado responda lo mismo que muchos periodistas freelance: por las dos razones. Y las dos al mismo tiempo.”
“…El periodista independiente no tiene jefe, y tiene muchos a la vez. Es dueño de su tiempo, y es esclavo del reloj. Es el mercenario pragmático, y es un romántico sin remedio. Es un afortunado que tiene tiempo para viajar, y es la carne de cañón que tenemos para las emergencias. Es libre, y está atrapado.”
El panorama claramente no se ve muy alentador en una primera lectura. Sin embargo, y a pesar de que no hay límites aparentes cuando la pluma lo aguanta todo, al parecer la idea del periodismo portátil es mucho más atractiva que la del freelance, especialmente a la hora de no pretender cambiar al mundo ni ser un vulgar famewhore. Sólo un nómada que cumple el rol de contar cosas. Cosas que pasan.
Nota Mental #013
Si bien el Metro de Santiago ha hecho enormes esfuerzos para mejorar – aunque sea un poco – la calidad de vida de millones de santiaguinos a la hora de viajar a sus respectivos destinos, el hacer circular sistemáticamente las tonadas de Aleks Syntek y Miguel Bosé a lo largo de todos los vagones del tren durante el día, es algo que más allá de enternecer mi vida con lo meloso de sus composiciones, empeora brutalmente mis ganas de vivir en una ciudad que ni se queja de que la contaminen a gusto a través de todos los formatos posibles.
Para gustos, colores, claro. Sin embargo, dudo que los casi seis millones de habitantes que se pasean a diario a través de esta ciudad sean seguidores acérrimos de la FM2. Si a eso le agregamos los contenidos gestionados por Chilevisión para que toda la red del tren urbano se desayune las noticias mientras se encarga de aglutinar pasajeros, es algo que bajo el contexto de transporte público y masivo, no me parece sano.
Mi relación con la música (en vivo)

Han pasado algunos años, así como también algunos discos y unas cuantas canciones. Mientras revisaba el montón de entradas cortadas y arrugadas que guardaba en una caja como recuerdo junto a unas fotos y a un par de célebres uñetas, me di cuenta que ésta es una nota que me debía hace muchísimo tiempo y que finalmente se gatilló con la última visita de Ozzy Osbourne a nuestro país.
Como la de cualquier persona aparentemente normal, mi relación con la música no guarda ninguna novedad aparente ni excentricidad curiosa. Si bien suelo tener una sugerente preferencia por la rama del rock y sus derivados, creo que lo publicado aquí deja en claro que más allá de cualquier placer distorsionado al que someta a mi paladar, mi gusto musical no suele mantenerse evangelizado seriamente por alguna tendencia, ya que puedo pasar de la villera a la polka sin problemas. Algo que sin lugar a dudas me ha traído más de un par de dudas existenciales a la hora de responder la pregunta: “¿Qué música escuchai?”
Media bullying

Acostumbrado a los casos patéticos de LUN, esto ya me parece simplemente vergonzoso e impresentable. Después reclaman los editores, entre llantos miserables y trasnochados que lloran ante cifras cada vez más rojas, que a los periodistas ya nadie les cree, que los jóvenes ya no leen los diarios como antes y que la Internet simplemente es imbatible frente al papel, entre otras minucias y porquerías a las que ya muchos deben estar acostumbrados.
Una verdadera lástima, porque a pesar de haber buenos profesionales en ambos medios, esta manipulación de trinchera liderada por los mismos de siempre pasa a llevar a muchos en el inconsciente colectivo al meterlos en el mismo saco. Mal, muy mal.
Cada vez más rápidos

Las cosas cambian muy rápido. De hecho, a veces más rápido de lo que parece o de lo que uno cree. Sin embargo, parece que lo complicado para algunos ahora no es medir la velocidad del cambio ni especular sobre las probabilidades futuras, sino que preocuparse de no quedar abajo de la locomotora mientras sigue avanzando todo esto con semejante velocidad.
Si bien el cambio es como para ponerse nervioso y sentir un agrio hormigueo en el estómago, tampoco es para ser tan fatalista. Hay una teoría pensada por Raymond Kurzweil que trabaja sobre la aceleración del rendimiento en un ensayo. Es decir, que intenta argumentar que efectivamente el desarrollo de las tecnologías durante el Siglo XXI será igual al total de todos los siglos anteriores juntos. Algo no muy auspicioso si pensamos en todo lo que nos costó llegar hasta acá y lo difícil que ha sido mantenernos en forma para entender relativamente cómo funcionan las cosas que nos rodean.
Sin embargo, creo que si bien ponerse a pensar ahora en cómo llegar a nivel es un tanto infructuoso, percibo una tendencia a la hiperventilación provocada por esa sensación de sentirse parte de algo importante con esto de la tecnología. Algo que no sólo impide plantearse las interrogantes necesarias para buscar probables explicaciones, sino que también nos aleja de algo que a mi parecer siempre ha sido y será esencial: el desarrollo de contenido.
Es decir, lo de Kurzweil claramente no es algo nuevo, pero eso no quiere decir que sus ideas no sean actualmente válidas, o algo así. Creo que emborracharnos con esto de los cambios tecnológicos cuando recién están sucediendo nos complicará más a la hora de llevar a cabo la adaptación del contenido a las nuevas plataformas. Y no sólo eso, sino que también creo que se nos complicará todo lo que está relacionado con esto, como la capacidad de análisis, la creatividad, la diversión y por sobre todas las cosas, la identidad. Imagen: Markus Eisele (CC BY-NC-SA 2.0)
Trabajos que matan

El caballero que aparece en la imagen y antecede estas palabras se llamaba Russell Shaw. Era periodista y ofrecía sus servicios informativos desde la ciudad de Portland, Estados Unidos. Solía cubrir con absoluta dedicación diversos eventos relacionados al mundo de la tecnología, especialmente si los famosos Blackberry eran los invitados principales, ya que aparte de tener presencia en algunos libros, revistas y otros medios impresos, el señor Shaw también colaboraba con sitios electrónicos como Zdnet y BBHub a la hora de escribir sobre estos sugerentes dispositivos electrónicos.
Sin embargo, al parecer fue esa misma dedicación la que acabó finalmente con su vida, ya que falleció el pasado 12 de marzo a la edad de 60 años mientras un fulminante infarto lo sorprendió en la habitación de un hotel, justo cuando esperaba una conferencia. Si bien las causas oficiales de la muerte de Russell no se han aclarado, según Matt Richtel este tipo de casos no deberían ser tomado a la ligera por los que trabajan en los medios informativos, ya que como anuncia en un reportaje publicado hoy por el NYT, la misma competencia que provoca la modalidad online de los medios de comunicación y las bondades de los dispositivos inalámbricos que te permiten estar siempre en marcha, pueden generar serios cuadros de stress y enfermedades derivadas en los editores, quienes muchas veces se ven obligados a cumplir jornadas 24/7 con el objetivo de lograr la noticia antes que la competencia, sobre todo si son remunerados por entradas servidas o por logros cometidos, lo que al parecer los obsesiona en algunos casos.
Ejemplos al parecer sobran. Desde los casos registrados de aumento o pérdida de peso, desórdenes del sueño y agotamiento muscular entre algunos editores, hace no mucho tiempo Marc Orchant, otro blogger de 50 años, falleció durante diciembre pasado debido también a complicaciones cardíacas. Por otra parte, Om Malik, fundador de GigaOm, tuvo mejor suerte, ya que a sus 41 años, logró sobrevivir a un infarto el año pasado.
Si bien son casos que se podrían considerar como aislados, el pensar en los riesgos que podría provocar un estilo de trabajo de ciclo continuado en un mercado tan agresivo, es una discusión que se mantiene pendiente. Porque Internet, lamentablemente, no duerme, mientras que nosotros si lo hacemos. Es muy bonito que uno pueda conectarse en el muelle del lago para ver los correos de la oficina, pero si se piensa que este abuso de conectividad puede matar, ¿En qué momento se puede vivir? Como me dijo mi abuela hace años en la playa luego de pillarme con toda la boca naranja por un banquete de helados: todo en exceso hace mal, mijito.
¡Tú medio está muriendo!

El interminable culebrón que tiene envuelto a los periódicos del mundo en una aventura épica de supervivencia al parecer tiene para rato. Si bien ya existe una suerte de acuerdo por parte del mundo editorial a la hora de entender que el mundo impreso y el digital se mueven por distintas avenidas y se pasean a través de diferentes audiencias, es el mismo rol del periodista el que al parecer debe reformularse para comprender el proceso desde adentro para enfrentar un futuro incierto.
Eric Alterman, del Newyorker, comenta en su artículo sobre la vida y muerte del periódico norteamericano, que pocos creen que el formato actual sobreviva debido al brusco cambio del mercado, especialmente a la hora de comprender la fúnebre actividad de los anunciantes y de los mismos consumidores de información, quienes se han ido alejando de las estructuras clásicas para darle cabida a nuevos formatos de consumo, los que por cierto logran parecer ciertamente más atractivos bajo el contexto del reducido tiempo que hay para informarse y de la olvidada concepción de la objetividad informativa, la que ha ido en decaída gracias a una blogósfera liberal y a su capacidad de pasar por alto los grandes medios de comunicación.
El capital social de los nuevos medios

La discusión sobre el destino de los medios tradicionales sigue en pie y es cada vez más interesante. Mientras algunos siguen lidiando con la forzada adaptabilidad de estos a los nuevos tiempos de consumo, otros han ido un poco más allá y se han cuestionado la real trascendencia de los nuevos medios sociales a través del tiempo.
Puntos de vista hay por montones, y si bien la sensación de validez que guarda cada uno es impresionante, creo que es destacable el hecho de que en algunas opiniones vertidas se llega al acuerdo de que en realidad no hay un enriquecimiento sustancial del capital social a través de las nuevas redes sociales, como en Facebook, por dar un ejemplo. Sin embargo, al parecer si existiría un aparente enriquecimiento colectivo provocado por diversas cosas, como la sensación de usabilidad que mantiene el mismo usuario y la cercanía que se establece con sus semejantes, especialmente a la hora de sentirse cada vez más conectados dentro de un mismo sistema. Algo que, observado a largo plazo, podría traer deliciosos frutos, sobre todo en cuanto al sentido de compromiso social que cargarían las nuevas generaciones.





